2026
Hablando sobre la “exactitud” en Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino señala que cuando intentamos comprender hasta en sus mínimos detalles lo real, buscando la mayor precisión, puede surgir lo que paradójicamente llama “el orden del ruido”, esto es, una imperfección que puede ser esencial para comprender lo que (nos) pasa. Es precisamente en las distorsiones y en las dificultades de los canales comunicativos donde se gestó el sistema de lo cibernético que supone la consumación de la historia de la metafísica (estricto destino de Occidente) y su neutralización técnica. Xavi Ceerre, meditando sobre sus cuadros recientes, introduce, con lucidez, esa cuestión del ruido visual. En cierto sentido, su intensa práctica de la abstracción surge desde un indagación obsesiva en lo “más concreto”, partiendo de la materialidad de la pintura, buscando el goce en la gestualidad, evitando cualquier literalismo.
Cuando miramos un cuadro, vemos un cúmulo de gestos, la superposición y organización de los materiales, el anhelo de lo inanimado por cobrar vida, pero no vemos la mano misma. La imagen es un inmenso poema sin palabras, en esa superficie están los acontecimientos a merced de la gravedad: “en cierta forma –apuntó Paul Auster-, cada pintura nace de un conflicto entre fuerzas opuestas”. No hay otro punto, en este mundo
de sombras y soledad, que el propio cuadro, el espectador tiene que adentrarse en su interior, verse a merced de los desplazamientos, sentir la atracción y la disonancia. Lo que está en cuestión en la modernidad no son, como muchas veces se ha indicado, las imágenes, sino los gestos: muchos se han perdido, otros se han vuelto definitivamente patéticos. “El ser del lenguaje -escribe Giorgio Agamben- es como un enorme lapsus de
memoria, como una falta incurable de palabras”. El gesto, como es evidente en la estética de Xavi Ceerre, es un medio puro, algo que puede comprenderse como poder de exhibición. En concreto, el gesto de pintar es un movimiento cargado de significación, desplazamiento libre que tiene algo de enigma, flecha, camino, indicación, trayecto que coincide con el destino de la mirada. Flusser apunta que el gesto de pintar es un momento de autoanálisis, es decir, de conciencia de sí mismo, en el que se entrelazan el tener significado con el dar significado, la posibilidad de cambiar el mundo y el estar ahí para el otro: “el cuadro que ha de pintarse se anticipa en el gesto, y el cuadro pintado viene a ser el gesto fijado y solidificado”.
Podemos vincular la pintura de Xavi Ceerre con la “tradición” expresionista gestual, con esa dinámica radicalmente moderna (en el sentido establecido por Clement Greenberg) que deja atrás la reglamentación perspectiva, la narratividad teatral o la figuración mimética. El expresionismo abstracto (determinado también, en muchos casos, por un enérgico gestualismo como sucede en las obras reciente de Xavi Ceerre), como expusiera Robert Rosenblum, dilató la experiencia abismal del romanticismo para situarnos en "otra" playa inhabitada, allí donde ni siquiera
podemos gozar como espectadores de un naufragio inminente. La fuerza de los cuadros de Rothko radica, al parecer, en que ya no se trata de "cuadros" ni tampoco de simples objetos de contemplación que se consideran como representaciones de algo, sino que forma parte del espacio en el que yo me encuentro, de forma que, por decirlo así, me hallo en el propio cuadro, estoy integrado en él a la manera del monje
de Friedrich. Pero no solamente se trataba de re-plantear la posición inquietante del sujeto que se desfonda en el sentimiento sublime, sino de comprender la accidentalidad de la pintura, la dinámica material y gestual que podía producirse, de acuerdo a la ideología greenbergiana de la pintura pictórica, en una superficie tensada como la piel de un tambor. "En un determinado momento -apunta Umberto Eco- la pintura, consumada la parábola del arte abstracto geométrico, intenta también, por otros caminos, la aventura del azar: la casualidad con que el color gotea sobre el lienzo, la casualidad con que la materia, puesta en evidencia, propone texturas para explorar, la casualidad de los suelos y los muros desconchados, de las maderas y de las telas de saco, la casualidad de los chafarrinones de yeso sobre aceras o paredes".
Xavi Ceerre es, ciertamente, un pintor apasionado que sedimentó, durante años, su fértil imaginario en los muros, desplegando una actividad de graffitero que, en buena medida, late siempre como una capa de su personal “palimpsesto”. Como ha indicado el mismo artista, el nacimiento de su primer hijo “ha propiciado una revisión del arte prehistórico del arte norte de la provincia de Alicante, descubriendo un nuevo vocabulario”. Curiosa asociación entre una vida emergente y las huellas enigmáticas de eso que llamamos “prehistoria”, impulsos ambos que llevas ab-origen, en busca de lo “esencial” del arte.
Al comienzo de la novela Montevideo, Enrique Vila-Matas incrusta, en su habitual tono meta-literario, una poética que le lleva a retomar las Seis propuestas de Calvino, sugiriendo que se debería añadir una más que el reformula a partir del documental La cueva de los sueños olvidados que Werner Herzog rodó en la gruta de Chauvet: tenemos que ampliar nuestra visión (de la cultura, del arte y, sobre todo, de la vida) para entender
que los muros son espacios de permeabilidad. Los signos de la prehistoria tenían carácter “fluido”, eran invocaciones, formas resonantes, ruidos que buscaban una recóndita armonía, indicaciones que atravesaban (en sentido espiritual) toda delimitación. La pintura de Xavi Ceerre adquiere, en esta clave interpretativa, una cualidad permeable, expande la mirada e intensifica la sensorialidad, manteniendo lo artístico en su registro enigmático, sin reclamar una descodificación “racionalista”. La obra pictórica de Xavi Ceerre revela las posibilidades de visión del deseo, regala sus ritmos, da rienda suelta a gestos que no son otra cosa que modulaciones vitales. Se trata de lo que califica como un “flujo rítmico”, una estética resonante que podría
sintonizar con los planteamientos filosóficos de Armut Rosa. En el texto extraordinariamente condensado que Xavi Ceerre ha escrito sobre la serie Riomar insiste en la analogía con el ruido, añadiendo que es “análogo a la experiencia auditiva del viento o de la lluvia, no actúa como una disrupción, sino como un principio organizador y espiritual que intensifica la repetición y la variabilidad”. La pintura, una actividad intensamente corporal y no solo “cosa mental”, permite proyectar la imaginación apasionada, logrando que se produzca una permeabilidad sensorial como en esta
sinestesia que hace que lo visual demande también la evocación de lo “auditivo”.
Lo que Xavi Ceerre denomina “codificación primitiva” tiene que ver con esa fluidez sígnico-gestual que escapa de los dogmatismos estilísticos o del amaneramiento formalista. Lo que le interesa es la exploración del ritmo y la repetición sin que eso suponga una inercia hacia lo “siempre igual”, al contrario, generando extraordinarias diferencias. El devenir herecliteano (la certeza de que no hay identidad en nuestra vida sino un fluir a la manera del río) deja rastros en las vibrantes pinturas de Xavi Ceerre, que, incluso cuando parece nombrar la melancolía (algo evidente en el título Black sun, 2024), siempre da la impresión de que quisiera provocar en nuestra mirada un destello de dicha. Sus gestos enérgicos no sofocan el espacio del cuadro, sino que lo dinamizan; los estratos cromáticos parecen sometidos a las metamorfosis del tiempo (como si fueran muros de la calle en los que todo puede sedimentarse, en una anarquía polifónica o incluso “carnavalizante”), la pulsión que mancha deja espacios blancos para poder respirar. Contemplando el hermoso cuadro titulado White note (2025) he sentido que mi mente fluía hacia el recuerdo de la “música de los cambios” de John Cage, hasta esa ejemplar demostración de que el silencio no existe. Tenemos que gozar del ruido eterno, aprender a mirar y vivir desde una “conciencia permeable” a los accidentes que siempre revelan la sustancia. La pintura fluida y gestualmente rítmica de Xavi Ceerre ofrece destellos de esa visión devorante y fervorosa (permeable en sentido radical) que necesitamos.

